lunes, 8 de junio de 2009

PRIMERO LEAN EL TEXTO, DESPUES SU AUTOR

“En términos generales, tres son los grupos en que se podría dividir el público lector de periódicos: 1°. Los crédulos, que admiten todo lo que leen. 2°. Aquellos que ya no creen nada. 3°. Los espíritus críticos, que analizan lo leído y saben juzgar.

Numéricamente, el primer grupo es el más considerable; abarca la gran masa del pueblo y representa, por lo tanto, la clase menos intelectual de la Nación. Aún cuando no debería ser designada por clase, sino por grado de inteligencia. A este grupo pertenecen todos los que no nacieron para tener pensamiento independiente o no fueron educados para eso y que, en parte por incapacidad y en parte por falta de voluntad, creen en todo lo que se les presenta en letras de molde. Pertenece también a este grupo esa especie de haraganes que serían capaces de pensar, pero que por pura negligencia aceptan todo lo ya elaborado por los demás, en la suposición de que ellos ya llegaron a esas conclusiones con mucho esfuerzo. Para toda esta gente, que representa la gran masa del pueblo, la influencia de la prensa es fantástica. Ellos no están en condiciones, por falta de cultura o porque no lo quieren, de examinar las ideas que se les exponen. De esta forma, la manera de enjuiciar los problemas diarios es siempre el resultado de la influencia de las ideas que les viene de fuera. Esta situación puede ser ventajosa cuando las explicaciones que les son dadas parten de una fuente seria y amiga de la verdad, pero constituye una desgracia cuando tiene su origen en mentiras y embustes.

El segundo es mucho más pequeño que el anterior: está compuesto en parte de elementos que en un principio participaban del primer grupo y que después de funestas y amargas decepciones, optaron por cambiar diametralmente de criterio, acabando por no creer en nada de lo que leyesen. Odian a todos los periódicos, no los leen o se irritan contra todo lo que se contiene en ellos, convencidos de que sólo encuentran mentiras y más mentiras. Estas gentes son muy difíciles de tratar, porque hasta ante la verdad misma se mostrarán siempre escépticas, resultando así elementos anulados para todo trabajo positivo.

El tercer grupo, finalmente, es el más pequeño de todos y está constituido por lectores verdaderamente inteligentes, acostumbrados a pensar con independencia por naturaleza y educación. Leen la prensa y trabajan constantemente con la imaginación y animados de espíritu crítico con respecto al autor. Estos lectores gozan del aprecio de los periodistas, bien es cierto, con explicable reserva.

Naturalmente que para los componentes del tercer grupo no entraña peligro alguno ni tienen trascendencia los absurdos que puedan consignarse en las columnas de un periódico. En el transcurso de su vida ellos acostumbran a ver, con fundadas razones, en cada periodista un bribón que, sólo por excepción, dice la verdad. Lamentablemente el valor de esos hombres brillantes descansa en su inteligencia y no en el número, lo que constituye una desgracia en una época en la que la mayoría y no la sabiduría es la que todo lo puede. Hoy, que la cédula electoral de la masa decide situaciones, el centro de gravedad descansa precisamente en el grupo más numeroso, y éste es el primero: un montón de ingenuos y de crédulos.”
¿Bueno no?
El que dijo esto fue Adolf Hitler, en Mein Kampf (Mi Lucha).

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